Reflexiones

Una pareja feliz: comentario

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Una pareja feliz comentario
Matrimonio feliz

No hay duda de que existen parejas felices en la tierra, donde cada uno trata de hacer todo el bien posible al otro, parejas que mantienen como valores válidos: la fidelidad, el mutuo aprecio, la comprensión, la tolerancia, y tratan de vivir el ideal de Jesús de Nazaret. Sin embargo, hay signos preocupantes en nuestra sociedad que atentan contra la familia cristiana: la creciente demanda de una libertad sexual sin límites, el aumento de madres solteras, la disminución del número de hijos, el hedonismo, el relativismo y la indiferencia religiosa, tratan de corroer el matrimonio.

La convivencia bajo el mismo techo no es fácil. Se necesita mucho tiempo de reajuste, adaptación, comprensión y mucho derroche de amor.

Los primeros años de la vida matrimonial son importantes, porque en ellos se inicia y se consolida la comunicación en la pareja, surgen lo que en psicología se llama “patrones de comportamiento“.

En 1981, el 26% de las demandas de divorcio en EE.UU. estaban formuladas en los dos primeros años de matrimonio. Y es que algo no marcha en nuestros matrimonios: nacen las sospechas, las desconfianzas y los celos.

Es necesario aprender a comunicarse para poder decir de veras lo que se siente y poder escuchar al otro desinteresadamente. Los psicólogos nos hablan de que en toda convivencia suelen darse estos dos fenómenos grupales: zonas de cerrazón y capas de filtración. Puede ocurrir que nuestra relación con el otro dependa de una relación imaginaria, no real, sino falsificada o distorsionada. A falta de una buena comunicación surge el distanciamiento, bien sea éste rápido o lento.

La familia tiene la misión de ser cada vez más lo que es, es decir, comunidad de vida y amor. El Concilio Vaticano II utiliza la expresión “íntima comunidad de vida y amor conyugal” para designar al matrimonio. El amor es el motor de toda comunión y el único ambiente adecuado, para que la familia pueda “vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas”.

Para que haya una comunidad de amor hay que vivir el amor como una competencia, donde haya disculpas por los fallos y se prodiguen alabanzas por las buenas obras. Es una de las mejores maneras de promover la comunicación y así ser una pareja feliz.

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Autor: Eusebio Gómez Navarro, OCD
Foto: analisisdigital.org

Una pareja feliz

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Una pareja feliz
Pareja matrimonial

Mientras hojeaba sus “dossier” matrimoniales, el diablo observó con enojo que todavía quedaba una pareja, sobre la tierra, que vivía de amor y en concordia. Decide hacer una inspección. Se trataba en realidad de una pareja común, sin embargo emanaba tanto amor, que alrededor de ella parecía que fuese una eterna primavera. El diablo quiso conocer el secreto de aquel amor.

“No hay ningún secreto -le explicaron los dos-. Vivimos nuestro amor como una competencia: cuando uno de los dos se equivoca, el otro asume la culpa; cuando uno de los dos obra bien el otro recibe las alabanzas, cuando uno de los dos sufre, el otro recibe el consuelo; cuando uno de los dos se alegra, el otro se complace. En fin, competimos siempre a ver quien llega antes”.

Al diablo le pareció esto tonto. Y por eso pueden todavía existir parejas felices en la tierra.

Autor: Dino Simplici
Foto: es.123rf.com

¿Dónde está nuestra felicidad?

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Donde esta nuestra felicidad

Sería muy interesante examinar a la luz de la psicología moderna algunas expresiones de los salmos de la Biblia.

Por ejemplo, éstas:

  • ¡Oh Dios, mi alma está sedienta de ti! Mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, árida, sin agua…
  • Como brama el ciervo sediento por la fuente de agua, así, Dios mío, clama por ti el alma mía. Porque mi alma está sedienta del Dios fuerte y vivo. ¿Cuándo llegará el día en que me presente ante la cara del Dios vivo?…
  • Mi alma suspira y sufre ansiando estar en los atrios del Señor…

Y podríamos citar muchos más.

Esto, para preguntarnos: ¿Es posible tener hambre y sed y sentirse feliz? Porque estos mismos salmistas que así se sienten llenos de hambre y de sed, exclaman felices, como uno de ellos:

Se inundan de gozo mi alma y mi cuerpo contemplando al Dios vivo. Porque vale más un día sólo en los atrios de tu templo que mil días fuera de tu casa, mi Dios…

¿Es posible esto? Sí; porque al mismo tiempo que se tiene hambre y sed, se tiene qué comer y qué beber. La tragedia sería tener hambre y sed, y no tener nada que llevarse al paladar. Y al revés, tener delante un banquete espléndido y sentirse inapetente total, sin ganas de nada.

A un multimillonario le hicieron esta pregunta: “Usted es feliz del todo, ¿no es así? Porque lo tiene todo”. La respuesta no pudo ser más triste: “Están ustedes equivocados. Me falta una cosa que me tiene fastidiado: ¡no tengo HAMBRE!”

Y otro caso paralelo. El gran industrial alemán, fundador de la fábrica de cañones que hicieron retemblar a Europa en dos guerras mundiales, vivió sus últimos años con una dolencia estomacal incurable. Al ver merendar a un obrero, que comía feliz a dos carrillos, dijo con no disimulada envidia: Daría medio millón para comer un bocadillo con apetito semejante.

Esto es una realidad muy cierta. El hambriento es mucho más feliz con un trozo de pan y un plato de arroz seco devorado con avidez, aunque dentro de un rato vuelva a tener el hambre de siempre, que el sentado ante la mesa espléndida de un banquete de gala, pero con falta total de apetito.

Por eso, nos preguntamos: ¿Estamos satisfechos de la vida?…

Algunos, sí; la mayoría, no. Porque nos faltan muchas cosas, y quisiéramos tenerlo todo. Sólo cuando tuviéramos ese todo soñado, sólo entonces así lo pensamos seríamos felices de verdad. Pero, al pensar así, también nos engañamos todos, los que lo tienen todo y los que piensan tenerlo algún día. Porque esa hambre de felicidad es precisamente una señal inequívoca de que aquí no seremos nunca felices del todo.

Dios ha metido esa hambre en nuestro ser para hacernos entender que tenemos un destino eterno, y que sólo un ser eterno e infinito podrá dejarnos enteramente satisfechos. Es la bienaventuranza que proclama Jesús:

¡Dichosos los pobres, dichosos los que tenéis hambre, porque un día quedaréis hartos y serán colmados todos vuestros deseos!

Aquel pastor protestante se convirtió al catolicismo y armó una tremenda revolución entre los suyos. Al enterarse su padre, le mandó una respuesta terrible: con una carta le maldecía y le desheredaba de todo bien familiar. Preguntado si en esta situación era feliz o no, respondió: “¡Oh, si pudiese dar a mi padre una parte de mi dicha y de mi paz!”

Ninguna cosa y ningún bien terreno le importaban ya nada, ahora que se sentía lleno de Dios. Esta ansia de Dios la sentimos todos en particular y la siente el mundo entero. Ninguna cosa de aquí nos llena plenamente por más que se disfrute. El apóstol San Pablo nos describe cómo estamos con todas las criaturas suspirando de lo íntimo del corazón, anhelando la liberación de nuestro cuerpo, para vernos metidos definitivamente en Dios…

No sabemos si la psicología se explica el misterio. Pero lo vivimos todos muy bien: tenemos hambre y sed de Dios, y estamos felices, aunque poseamos a Dios sólo en las sombras de la fe. El creyente es una persona feliz de verdad. Se siente metido en Dios y pendiente de su providencia amorosa. Se pone a orar, y está convencido de que habla con Dios, al que trata con intimidad. Y cuanto más trata con Dios, más ansias siente de Dios.

Además, está seguro de que este mismo trato que ahora tiene con Dios, por intenso y dichoso que sea, es sólo un anticipo de lo que le espera después. El convencimiento de la vida eterna que ya se acerca es el colmo de todas sus ilusiones y de sus esperanzas, que no van a quedar fallidas.

Poseer el mundo entero, sin tener a Dios, es la mayor desgracia y la pobreza suma. Tener a Dios, aunque nos falte todo, es la mayor suerte y la riqueza colmada. Es lo que nos dijo, con versos mil veces repetidos, nuestra incomparable Teresa de Jesús: Quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta…

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Imagen: papeltapizcristianos.blogspot.com

Orar, curar, anunciar

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Orar, curar y anunciarPara la primera gran misión el Señor da tres mandatos imperativos a los 72 discípulos que me parece que expresan sustancialmente las grandes prioridades del trabajo de un discípulo de Cristo.

Los tres mandatos son: orar, curar y anunciar.

Pienso que debemos encontrar el equilibrio entre estos tres imperativos esenciales, tenerlos siempre presentes como corazón de nuestro trabajo.

Orar: es decir sin una relación personal con Dios todo lo demás no puede funcionar, porque realmente no podemos llevar a Dios y la realidad divina y la verdadera vida humana a las personas, si nosotros mismos no vivimos una relación profunda, verdadera, de amistad con Dios, en Cristo Jesús. Por tanto, ser un hombre de Dios, en el sentido de un hombre en amistad con Cristo y con sus santos es el primer mandato.

Viene después el segundo: curar. Jesús ha dicho: curen a los enfermos, a los extraviados, a aquellos que padecen necesidad. Es el amor de la Iglesia por los marginados, por los que sufren. También las personas ricas pueden ser marginadas interiormente y sufrir. “Curar” se refiere a todas las necesidades humanas, que son siempre expresión de una profunda necesidad de Dios. Por eso es necesario conocer cada oveja, tener una relación humana con las personas encomendadas, establecer un contacto humano y no perder la humanidad, porque Dios se ha hecho hombre y así ha confirmado todas las dimensiones de nuestro ser humano. Debemos curar los cuerpos, pero sobre todo –este es nuestro mandato- debemos curar las almas. Debemos pensar en tantas enfermedades, en las necesidades morales, espirituales que hoy existen y que debemos afrontar, conduciendo las personas al encuentro con Cristo en el sacramento, ayudándoles a descubrir la oración, la meditación, el saber estar en el templo silenciosamente en la presencia de Dios.

Y después anunciar. ¿Qué anunciamos nosotros? Anunciamos el Reino de Dios. Pero el Reino de Dios no es una lejana utopía de un mundo mejor, que tal vez llegará dentro de 50 años o quien sabe cuando. El Reino de Dios es Dios mismo, Dios acercándose que ha llegado a ser cercanísimo en Cristo. Por tanto anunciar el Reino de Dios quiere decir hablar de Dios, hacer presente la palabra de Dios, el Evangelio que es presencia de Dios y presentar al Dios que se ha hecho presente en la sagrada Eucaristía.

En el entramado de estas tres prioridades podemos ejercer bien nuestro sacerdocio.

(Traducción del original italiano por la redacción de Duc in altum!)

Benedicto XVI, Encuentro con el clero en Aurono di Cadore 25-VII-2007

Imagen: estampas.com

Partido

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Actualizado el jueves 14/FEB/13

Palabras de Jesús

Partido.

El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama. (Mt 12, 30).

Comentario:

Con Cristo hay que tomar partido, o con Él o contra Él, pero no se puede uno quedar en territorio neutral. También en el apostolado, o hacemos las cosas con Él, o estamos trabajando para el enemigo.

¡Qué importante es que vivamos en gracia de Dios, así tendremos la savia de la Vid, que es Cristo, en nosotros, y todas las obras que llevemos a cabo, tendrán valor para el Cielo, premio de eternidad!

En cambio si vivimos en pecado mortal, todo lo que hacemos, aunque sean obras muy grandes humanamente, no tienen valor para el Cielo, no tienen premio celestial.

El que quiere permanecer en territorio neutral, en realidad está ya en terreno del demonio, porque hay que elegir: o se sirve a Cristo o se sirve al diablo.

Pensemos en estas cosas y veamos cómo va nuestra vida, si vivimos en amistad de Dios o en su enemistad, porque todo lo que hagamos, desde las obras más notables hasta las cosas más pequeñas y comunes de todos los días, tienen o no tienen valor, según sea que vivamos en gracia de Dios o en pecado mortal respectivamente.

Recemos mucho, porque si bien la oración es más eficaz cuando la hacemos en gracia de Dios, también es cierto que todos debemos rezar para ser mejores, y los pecadores deben rezar para alcanzar la misericordia de Dios, la conversión.

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Que el Señor santifique nuestra voluntad

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Autor: P. Cipriano Sánchez

Sb 2, 1. 12-22
Jn 7, 1-2; 10, 25-30

Que el Señor santifique nuestra voluntad“Jesucristo -nos dice el Evangelio-, no es capturado porque todavía no había llegado su hora”. Es éste uno de los temas que más recurren en San Juan: la hora de Cristo como el momento de la redención, como el momento en el cual Él va a librarnos a todos de nuestros pecados. La hora de Cristo es una hora que no es suya, no está impuesta por Él, sino que es la hora que el Padre le ha impuesto, y mientras no llegue ese momento, Jesucristo va a vivir, por así decir, libre de sus enemigos; pero en el momento que esa hora llegue, Jesucristo va a ser entregado a sus enemigos.

Esto nos podría parecer una especie de determinismo o de falta de libertad, cuando realmente es un sumergirse en la orientación de nuestra libertad a la adhesión total a Dios. En el caso de Cristo, el hecho de tener que obedecer a Dios va a significar, en ese momento concreto, escaparse de sus enemigos: “Todavía no había llegado su hora”. Sin embargo, sabremos que después, cuando llegue su hora, Jesucristo será entregado. Es lo que Jesús dice a los soldados que van a aprenderlo en el Huerto de los Olivos: “Ésta es vuestra hora y la del Príncipe de las Tinieblas”.

Es una disposición interior que nosotros tenemos que llegar a tomar: la disposición interior de llegar a aceptar la hora de Dios sobre nuestra vida. Es decir, aceptar plenamente el camino, el designio de Dios sobre nuestra vida, lo cual requiere nuestra capacidad de purificar nuestra voluntad, nuestra capacidad de decir a nuestra voluntad que no es ella la que tiene que mandar, sino que es Dios nuestro Señor quien lo tiene que hacer.

Podríamos decir que es la vida la que nos va guiando, porque aunque nosotros podemos planear unas cosas u otras, a la hora de la hora, es la vida la que nos va diciendo por dónde tenemos que ir. Nosotros podríamos tener planes, pero cuántas veces esos planes se rompen, se quebrantan precisamente cuando nosotros pensaríamos que más falta nos hace que no se quebrantasen. Este aspecto de nuestra vida requiere que nosotros aprendamos a encontrar y aceptar, en nuestra voluntad, lo que Dios nos pide, y no como quien se resigna, sino como quien libremente se ofrece a Dios. La libertad y la voluntad son elementos que tienen que conectarnos con Dios.

El libro de la Sabiduría habla de “lo que los malvados dicen entre sí y discurren equivocadamente”. Nos dice todos los planes que tienen contra el hombre justo, cómo están dispuestos a atacarlo, cómo están dispuestos a romperlo, cómo están dispuestos a matarlo: “Condenémoslo a muerte ignominiosa, porque dice que hay quien mire por él”. Y termina diciendo: “Así discurren los malvados, pero se engañan; su malicia los ciega. No conocen los ocultos designios de Dios, no esperan el premio de la virtud, ni creen en la recompensa de una vida intachable”.

No nos dice nada de que al justo se le vaya a librar de todos esos planes de los malvados, simplemente nos dice que estos hombres no conocen lo que Dios espera oír de ellos.

Nos podríamos preguntar: ¿Y el justo que tiene que enfrentarse con esa injusticia de parte de los malvados? ¿Y el justo que tiene que sufrir todo lo que ellos dicen? Este aspecto llama a nuestra voluntad a hacerse una pregunta: ¿Realmente mi voluntad está puesta en Dios, independientemente del «entrecruzarse» de las libertades humanas, de los ambientes, de las situaciones que nos acaecen? ¿Nuestra libertad, cada vez que se da cuenta de que Dios llega a la vida, ha aprendido a abrirse de tal manera al Señor que, en todo momento, acepte y se abrace libremente a ese misterio que es la presencia de Dios en nuestras vidas?

Quizá ése es el punto más difícil de llegar a entender. Podemos entender el abrazarnos a determinadas situaciones positivas, incluso algunas negativas, pero es difícil cuando el alma siente la impotencia, cuando sentimos que el alma se nos rompe o que nuestra voluntad no termina de obedecernos, no termina de ubicarnos y orientarnos hacia donde tendríamos nosotros que ir.

Es precisamente este designio el que tendríamos que controlar, y para lograrlo es necesario ver en qué lugar nuestra voluntad no está plenamente orientada hacia Dios.

Sabemos que no es fácil orientar en todo momento la voluntad hacia Dios, porque basta que algo no salga como nosotros querríamos y de nuevo volvemos a ser retados, y de nuevo nuestra voluntad vuelve a ser puesta en cuestionamiento para ver qué vamos a hacer con ella.

El camino de purificación de nuestra voluntad y de nuestra libertad es la constante sumisión libre a Dios; el constante abrazarnos al modo concreto en el cual Dios se nos va presentando en nuestra vida.”Salva el Señor la vida de sus siervos; no morirán quienes en él esperan”.

En el fondo, la purificación de nuestra voluntad tiene este objetivo: esperar en Dios, aunque pueda parecer que alrededor están las cosas muy difíciles; aunque pueda parecer que todo alrededor es obscuridad, es dificultad. “Muchas tribulaciones para el justo, pero de todas ellas Dios lo libra”.

Hay veces que nuestra inteligencia no ve más arriba, no sabe por dónde llevarnos y puede arrastrar a nuestra voluntad y alejarla de Dios. Nuestra voluntad, aun en medio de las dificultades, de las tribulaciones y de las pruebas, tiene que ser capaz de entender que solamente quien se abraza a Dios puede llegar a estar cerca de Él. “El Señor no está lejos de sus fieles”. La fidelidad es obra de nuestra voluntad purificada, puesta totalmente en manos de Dios nuestro Señor.

Que en este camino de Cuaresma aprendamos a descubrir esta purificación de nuestra voluntad. Cada uno en su ambiente, en su lugar, con sus circunstancias. Una purificación de la voluntad que supone el constante exigirse y llamarse a sí mismo al orden, para ver si en todo momento estamos viviendo según la hora de Dios o estamos viviendo según nuestra hora; según la voluntad de Dios o según nuestra voluntad.

Dejemos que el Señor santifique nuestra voluntad, de tal manera que podamos adherirnos a Él, que podamos ponernos totalmente en Él en este camino de conversión que es la Cuaresma, que reclama no solamente una serie de obras de penitencia interior, sino que reclama, sobre todo, la reestructuración y la reeducación de nuestra vida hacia Dios.

Nosotros lo conocemos

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Para reflexionar…(02/10/12)

“… porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Timoteo 1:12).

El pastor J. I. Stanley relató una experiencia que el suegro, que partió para el Señor a los 79 años, en 1965, tuvo con su abuelo: Volviendo de la escuela, una tarde, me senté junto a mi abuelo y compartí las muchas informaciones que había aprendido en aquel día sobre nuestro decimosexto Presidente, Abraham Lincoln. Después de oír atentamente todo lo que yo conocía sobre Abraham Lincoln, mi abuelo me habló, sabia y amorosamente, con ojos brillantes: “Hijo, usted, con certeza, sabe mucho más cosas sobre Abraham Lincoln que yo, pero, mi querido, ¡yo lo conocí personalmente!”

Muchos estudiosos de la Biblia, incluso ateos declarados, saben más sobre la Biblia que muchos de nosotros, más humildes; sin embargo, nosotros conocemos al Autor. Compartamos al Señor con aquéllos con quien  solemos divertirnos, especialmente nuestros nietos.

No hay experiencia espiritual más marcante y maravillosa que conocer íntimamente al Señor Jesús.

Saber que el Señor es amor es importante, pero, vivir la intimidad de Su amor es mucho más. Saber que el Señor transformó vidas por todo el mundo bíblico de la época es glorioso, pero, saber que el Señor transformó nuestra vida es mucho más. Saber que la oración de los creyentes de la época alcanzaba grandes resultados es estimulante, pero, saber que nuestras propias oraciones tienen alcanzado el corazón del Señor es mucho más. Saber que millares de pecadores fueron salvos por la fe en el sacrificio del Señor nos llena de gran gozo y felicidad, pero, saber que nuestros pecados fueron perdonados, que hemos sido salvos y nuestros ¡nombres están escritos en el Libro de la Vida, es muchísimo más!

¡Nosotros lo conocemos! ¡Sabemos qué podemos creer en él! Somos felices… ¡muy felices!

*****

Paulo Barbosa
Un ciego en el Internet
tprobert@terra.com.br
Ministerio Para Reflexionar 

Reflexión del Evangelio: Mateo 8, 28 al 34

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Esta historia del Evangelio nos pareceria estar lejana a nuestra realidad, sin embargo la verdad es que se repite frecuentemente hoy en nuestra sociedad dominada por el materialismo. Jesus sana y libera a dos hombres, dos seres humanos que sufrian a causa de unos demonios. Al hacerlo los demonios destruyen toda una piara de cerdos.

Los habitantes en lugar de agradecer el haber liberado y sanado a dos hermanos, a dos seres humanos que sufrian, se preocupan mas por la perdida material de una piara de cerdos.

Vale mas la piara de cerdos que la salud y bienestar de dos seres humanos. Como consecuencia, la comunidad rechaza a Jesus. Como vemos la historia se repite una y otra vez. Hoy es mas importante la cantidad de produccion y la eficiencia que la vida familiar, social y economica de los trabajadores; son mas importantes nuestras pertenencias, que el bien social de la comunidad; es mas importante el trabajo y el bienestar economico, que la vida familiar y la atencion a los hijos… Preferimos lo material a lo espiritual. Y cuando Jesus, a traves de la Escritura o de la Iglesia nos advierte de esto, o busca ayudarnos a liberarnos de estas esclavitudes… la respuesta es: Que tiene la Iglesia (o el mismo Jesus) que decirme sobre que es mas importante, que tiene que hacer en mis negocios, en mi medio social, en mi vida. No dejemos que nos domine lo material. Dios nos ha regalado todas las cosas materiales las cuales son buenas y son para nuestro bienestar, pero jamas deberan estar por encima de los valores como son: la vida humana, la vida familiar, y la proteccion del medio ambiente.

Nada vale una piara de cerdos comparada con la alegria que produce el ver a un hermano sano y feliz.

Permite que el amor de Dios llene hoy tu vida. Abrele tu corazon.

Como Maria, todo por Jesus y para Jesus.

Pbro. Ernesto Maria Caro

Comunidad evangelizadora

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Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones.

Comunidad evangelizadoraTodos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno.

Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu y partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el
pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar.” Hechos C.2, V.42 – 47

Los cristianos estamos llamados a vivir el Evangelio y a expandirlo, porque el Señor nos envió a predicar su Palabra a todos los hombres. Así también, nos dejó este otro mandato: “Ámense unos a otros, como Yo los he
amado” , por lo tanto, ese Jesús que debemos predicar está incorporado a nuestra persona, como nosotros a Él, por el Amor. Predicamos a un Cristo que se hizo parte de nuestra vida.

La comunión con el Señor y con los hermanos es lo que lleva a la unidad.

Es el mandato que da garantía de credibilidad a quienes nos escuchan. Los Apóstoles forman la primera comunidad fraterna y misionera junto al Señor. Jesús es, para ellos, el Maestro y el Hermano mayor que muestra al Padre y que también, adopta la condición de Servidor. Es el Maestro y el Servidor, eso hace a la comunión. Por ésta no sólo se pone al servicio de los otros, sino que además los sabe interpretar, apreciar y valorar.

Jesús comienza su vida pública y pone las bases de la comunión eclesial, prolongando su primera experiencia comunitaria de la familia de Nazareth.
Él vivió en el seno de la Trinidad de Nazareth: Jesús-María-José, el modelo más perfecto de familia. Nazareth se convierte, en pequeño, pero de modo pleno, en el ideal de la Familia Trinitaria, que Jesús viene a recrear
entre los hombres.

La comunidad apostólica debe formarse y permanecer en este clima de amistad fraterna y de recíproca comunicación. Y debe tener una meta: “Padre, que todos sean Uno como Tú y Yo somos Uno”.

La comunión lleva a la amistad, a la reciprocidad en el amor y en las responsabilidades compartidas.

María intenta esto, en Pentecostés. Ella recibió de Jesús, la misión de la Maternidad, la que deberá ejercer en favor de toda la Iglesia, para siempre. Ella congregó a los apóstoles en la unidad de familia y a este Colegio Apostólico, lo hizo rico en caridad, en amor y en comunión. El Espíritu Santo produjo las maravillas del Amor, en los corazones y por eso, surgieron tantos frutos, en la primera predicación evangélica.

Los apóstoles se dispersaron por el mundo, desde la comunión más profunda. La dispersión no es sinónimo de división; se separaron físicamente, pero la comunión se incrementó. Cuando hay verdadera amistad entre las personas, la lejanía no la rompe, sino que la idealiza y la perfecciona. Si bien es una relación que exige ser cultivada en la presencia del amigo, hay niveles de amistad que se cultivan perfectamente en el silencio de la distancia. A eso estamos llamados, es decir, a vivir de tal modo la comunión, que nuestro hacer eclesial se sienta respaldado desde la oración y la ofrenda de toda la comunidad.

La primera comunidad cristiana es conciente del gran valor de ser familia.

Hay en ella elementos característicos que le son propios. En primer lugar, se reunían con frecuencia. La comunidad evangelizadora debe reunirse asiduamente para potencializar lo que piensa o siente cada uno de los integrantes. En segundo lugar, tenían un solo corazón, es decir, compartían todo: las tareas, las preocupaciones, los triunfos y los fracasos. Tenían un solo corazón y una sola alma por el amor. Esta es la meta, para el evangelizador. Sólo, a partir de ella, se puede evangelizar.

Además, no había necesitados, ni en el orden material, ya que ponían todo en común; ni en el orden espiritual, ya que pertenecer a una comunidad los protegía de la angustia y del temor. Por último, se agregaban nuevos
miembros a ella, porque la veían una meta accesible y acogedora. Cuando hay amor, se siente la alegría de la caridad y ésta es contagiosa. Para San Pablo, la falta de amor es el gran motivo de escándalo, porque estamos
llamados a ser signos e instrumentos de comunión.

Es fácil vivir la comunión cuando está lograda, pero cuando no lo está, pensemos que el Señor nos pone ahí, para que hagamos la obra que Él nos pide. Los ideales no se dan de una manera perfecta y cuanto más altos son, más van a padecer los ataques de la agresión, la división y las grietas. Estos son signos puestos por Dios, ya que Él va haciendo su misterio de comunión a través de nosotros, según su manera.

El amor de Cristo, en la Iglesia, se agrieta con las divisiones, los egoísmos, los intereses mezquinos, la incapacidad de compartir. Pero se solidifica y se consolida, cuando tenemos una permanente actitud penitencial de renuncia, a nosotros mismos. La comunión es la exigencia del Rebaño de Cristo y su garantía de Salvación.

Estamos llamados a formar una verdadera familia basada en la continua práctica de la Caridad, en la cual descubrimos que más que realizar distintas tareas o cargos, somos hermanos con responsabilidades distintas.

Nadie es más que nadie, porque todos nos debemos unos a los otros.

Tenemos necesidad de equipos pastorales, pero debemos organizarnos unidos por el amor a los hermanos. Siempre y en todo momento, debemos privilegiar la comunión de las personas que la coordinación de servicios.

La grandeza de la comunidad evangelizadora tiene presente , en primer lugar, a Dios de quien se enriquece y se nutre. Luego, a los miembros de la comunidad con quienes hace la comunión y la fraternidad. En tercer lugar, a los destinatarios, quienes se benefician de esa unidad.

Evangelizar es un acto de amor. Somos reflejo de la Santísima Trinidad y debemos aspirar a vivir el misterio de la unidad, como mandato del amor evangélico. Amar y ser amado es una exigencia del amor cristiano. Jesús amó y se dejó amar por María, por todos; esa riqueza de dar y recibir lo hizo expresión del Amor del Padre.

La comunión fraterna favorece directamente a la misión, porque es la prueba de la Verdad que enseñamos y de la Caridad que nos anima. La comunión exige compartir para crecer. Es necesario compartir los trabajos
apostólicos, las experiencias, los proyectos; sentir como propio lo que es del otro y viceversa. Lo importante es sentirse respaldado y avalado por el afecto de la comunidad.

Que la Virgen nos ayude a vivir todo esto. Su real presencia maternal produce frutos evidentes de conversión y de acercamiento a Dios y a los hermanos. Pidámosle que nos haga vivir el Cielo, en la Tierra, a través de la fe profunda, de la esperanza que no defrauda y del amor que embellece todo.

Catequesis Mariana desde San Nicolás. por el Pbro. Carlos A. Pérez

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Quiero ver, Señor, ¡pero contigo!

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Quiero ver Señor pero contigoTócame, Señor, porque sabes que soy débil barro y, con tu mano, en un poco más de barro pon sobre mis ojos algo que despierte mi ceguera.
¡Son tantas cosas las que no veo con claridad! Confundo, la verdad, con mis propias verdades tu voluntad con mis oportunos caprichos.
Quiero ver, Señor, pero con tus ojos.
Que no me conforme con lo puramente externo, con aquello que, siendo bueno, me dice que sólo Tú puedes darme la luz que necesito. Con aquello que, siendo luminoso, no llega a clarificar mi conciencia ni mi destino.
¿Me ayudarás, Señor, a ver como Tú y contigo?
Que contemple las maravillas del mundo, pero que lo haga con ojos agradecidos hacia el cielo. Porque, en cuántos momentos llego a pensar que todo lo que me rodea, y siento es obra exclusiva de la invención del hombre.
¿Me ayudarás, Señor, a superar la ceguera espiritual?
¿Me curarás cuando mis ojos ya no lloren por los demás?
¿Limpiarás mis miradas cuando sean egoístas y vacías?
¿Enseñarás a mis ojos el resplandor de tu rostro, Señor?
Quiero ver, Señor, pero contigo. Que, en el horizonte, sepa descubrirte como lo más importante.
Que no me falle, hoy ni nunca, el telescopio de la fe, ese telescopio que sabe llegar donde el ojo humano no alcanza.
Esa fe que es lente perfecta para sentirte y vivirte, y para reconocerte como lo que eres: ¡El Señor!
Ayúdame, Señor, a creer en Ti, a esperar en Ti, sin condiciones, pruebas, ni exigencias.
Ayúdame, Señor, a verte por encima de toda apariencia, más allá de aquello que, mi ceguera espiritual, me invita a engañarme diciéndome que no existes.

Desconozco autor

Imagen: susurrosalaluzdelaluna.blogspot.com

Abrir el alma a la luz de Cristo

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Cristo tiene todavía muchas cosas por decirte. Él quiere hablarte al oído,
al corazón. Quiere verte a los ojos y, con sólo su mirada, decirte que te
ama. Él es el Maestro, el Señor. Y sus palabras son palabras de vida eterna,
alimento para nuestras almas.

Pero quizá tampoco ahora estemos preparados para digerir lo que Cristo nos
quiere decir. Quizá aún vemos demasiado con los ojos de la carne y pensamos
demasiado como los hombres y no como Dios. Quizá todavía vivimos apegados a
las cosas de la tierra y no hemos aprendido aún a poner nuestros ojos y
nuestro corazón en los bienes del cielo. Debemos por tanto aprender a abrir
nuestras almas a la luz nueva de Cristo. Una luz que ilumina nuestras vidas
y la historia del mundo haciéndonos descubrir la mano amorosa y providente
de Dios. Aprenderemos a ver todo desde Dios, con los ojos de Dios. Entonces
seremos los golosos de Dios. Llegaremos así a saborear, degustar, paladear
el plan magistral y la maravillosa acción de Dios en la historia de la
salvación.

Es cuestión de ser dóciles al Espíritu Santo, al Espíritu de la verdad. Él
nos llevará hasta la verdad plena. Nos anunciará lo que ha de venir. Nos
enseñará a leer los signos de los tiempos, a ver la mano de Dios en todos
los acontecimientos de nuestra vida ordinaria, a amar los caminos
misteriosos y fascinantes por los cuales conduce al hombre y a la creación
entera a la instauración total en Cristo.

Benedicto XVI

Nunca seremos poseedores de la verdad completa

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En un mundo pluriforme no es difícil el darnos cuenta de que cada uno de
nosotros tenemos parte de la verdad. La única verdad absoluta es Dios. Por
ello, otra de las grandes obras que realiza el Espíritu en nosotros es “el
guiarnos a la verdad plena”, es decir, guiarnos a Dios. Esta verdad eterna,
involucra todas las cosas creadas pues como dice San Pablo: “En él somos,
existimos y nos movemos”. No es por ello raro que en la medida en que
dejamos que el Espíritu tome posesión de nosotros, nuestro entendimiento con
los demás sea más claro; nuestra posición delante de la vida moral y
religiosa se clarifica, pues la Verdad se va haciendo patente a nuestro
entendimiento.

Debemos estar atentos, pues nunca seremos poseedores de la verdad completa.
Toda nuestra vida será crecer en ella. La humildad y la oración hacen
posible que ésta crezca y se manifieste en nosotros como: sabiduría,
prudencia, y amor a Dios y a nuestros hermanos. Pidamos incesantemente: Ven
Espíritu Santo y muéstrame la verdad, muéstrame tu Verdad y hazme comprender
que cada hombre tiene parte de esta verdad, de tu Verdad.

Pbro. Ernesto Maria Caro