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Comunidad evangelizadora

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Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones.

Comunidad evangelizadoraTodos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno.

Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu y partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el
pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar.” Hechos C.2, V.42 – 47

Los cristianos estamos llamados a vivir el Evangelio y a expandirlo, porque el Señor nos envió a predicar su Palabra a todos los hombres. Así también, nos dejó este otro mandato: “Ámense unos a otros, como Yo los he
amado” , por lo tanto, ese Jesús que debemos predicar está incorporado a nuestra persona, como nosotros a Él, por el Amor. Predicamos a un Cristo que se hizo parte de nuestra vida.

La comunión con el Señor y con los hermanos es lo que lleva a la unidad.

Es el mandato que da garantía de credibilidad a quienes nos escuchan. Los Apóstoles forman la primera comunidad fraterna y misionera junto al Señor. Jesús es, para ellos, el Maestro y el Hermano mayor que muestra al Padre y que también, adopta la condición de Servidor. Es el Maestro y el Servidor, eso hace a la comunión. Por ésta no sólo se pone al servicio de los otros, sino que además los sabe interpretar, apreciar y valorar.

Jesús comienza su vida pública y pone las bases de la comunión eclesial, prolongando su primera experiencia comunitaria de la familia de Nazareth.
Él vivió en el seno de la Trinidad de Nazareth: Jesús-María-José, el modelo más perfecto de familia. Nazareth se convierte, en pequeño, pero de modo pleno, en el ideal de la Familia Trinitaria, que Jesús viene a recrear
entre los hombres.

La comunidad apostólica debe formarse y permanecer en este clima de amistad fraterna y de recíproca comunicación. Y debe tener una meta: “Padre, que todos sean Uno como Tú y Yo somos Uno”.

La comunión lleva a la amistad, a la reciprocidad en el amor y en las responsabilidades compartidas.

María intenta esto, en Pentecostés. Ella recibió de Jesús, la misión de la Maternidad, la que deberá ejercer en favor de toda la Iglesia, para siempre. Ella congregó a los apóstoles en la unidad de familia y a este Colegio Apostólico, lo hizo rico en caridad, en amor y en comunión. El Espíritu Santo produjo las maravillas del Amor, en los corazones y por eso, surgieron tantos frutos, en la primera predicación evangélica.

Los apóstoles se dispersaron por el mundo, desde la comunión más profunda. La dispersión no es sinónimo de división; se separaron físicamente, pero la comunión se incrementó. Cuando hay verdadera amistad entre las personas, la lejanía no la rompe, sino que la idealiza y la perfecciona. Si bien es una relación que exige ser cultivada en la presencia del amigo, hay niveles de amistad que se cultivan perfectamente en el silencio de la distancia. A eso estamos llamados, es decir, a vivir de tal modo la comunión, que nuestro hacer eclesial se sienta respaldado desde la oración y la ofrenda de toda la comunidad.

La primera comunidad cristiana es conciente del gran valor de ser familia.

Hay en ella elementos característicos que le son propios. En primer lugar, se reunían con frecuencia. La comunidad evangelizadora debe reunirse asiduamente para potencializar lo que piensa o siente cada uno de los integrantes. En segundo lugar, tenían un solo corazón, es decir, compartían todo: las tareas, las preocupaciones, los triunfos y los fracasos. Tenían un solo corazón y una sola alma por el amor. Esta es la meta, para el evangelizador. Sólo, a partir de ella, se puede evangelizar.

Además, no había necesitados, ni en el orden material, ya que ponían todo en común; ni en el orden espiritual, ya que pertenecer a una comunidad los protegía de la angustia y del temor. Por último, se agregaban nuevos
miembros a ella, porque la veían una meta accesible y acogedora. Cuando hay amor, se siente la alegría de la caridad y ésta es contagiosa. Para San Pablo, la falta de amor es el gran motivo de escándalo, porque estamos
llamados a ser signos e instrumentos de comunión.

Es fácil vivir la comunión cuando está lograda, pero cuando no lo está, pensemos que el Señor nos pone ahí, para que hagamos la obra que Él nos pide. Los ideales no se dan de una manera perfecta y cuanto más altos son, más van a padecer los ataques de la agresión, la división y las grietas. Estos son signos puestos por Dios, ya que Él va haciendo su misterio de comunión a través de nosotros, según su manera.

El amor de Cristo, en la Iglesia, se agrieta con las divisiones, los egoísmos, los intereses mezquinos, la incapacidad de compartir. Pero se solidifica y se consolida, cuando tenemos una permanente actitud penitencial de renuncia, a nosotros mismos. La comunión es la exigencia del Rebaño de Cristo y su garantía de Salvación.

Estamos llamados a formar una verdadera familia basada en la continua práctica de la Caridad, en la cual descubrimos que más que realizar distintas tareas o cargos, somos hermanos con responsabilidades distintas.

Nadie es más que nadie, porque todos nos debemos unos a los otros.

Tenemos necesidad de equipos pastorales, pero debemos organizarnos unidos por el amor a los hermanos. Siempre y en todo momento, debemos privilegiar la comunión de las personas que la coordinación de servicios.

La grandeza de la comunidad evangelizadora tiene presente , en primer lugar, a Dios de quien se enriquece y se nutre. Luego, a los miembros de la comunidad con quienes hace la comunión y la fraternidad. En tercer lugar, a los destinatarios, quienes se benefician de esa unidad.

Evangelizar es un acto de amor. Somos reflejo de la Santísima Trinidad y debemos aspirar a vivir el misterio de la unidad, como mandato del amor evangélico. Amar y ser amado es una exigencia del amor cristiano. Jesús amó y se dejó amar por María, por todos; esa riqueza de dar y recibir lo hizo expresión del Amor del Padre.

La comunión fraterna favorece directamente a la misión, porque es la prueba de la Verdad que enseñamos y de la Caridad que nos anima. La comunión exige compartir para crecer. Es necesario compartir los trabajos
apostólicos, las experiencias, los proyectos; sentir como propio lo que es del otro y viceversa. Lo importante es sentirse respaldado y avalado por el afecto de la comunidad.

Que la Virgen nos ayude a vivir todo esto. Su real presencia maternal produce frutos evidentes de conversión y de acercamiento a Dios y a los hermanos. Pidámosle que nos haga vivir el Cielo, en la Tierra, a través de la fe profunda, de la esperanza que no defrauda y del amor que embellece todo.

Catequesis Mariana desde San Nicolás. por el Pbro. Carlos A. Pérez

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