Reflexiones

Una pareja feliz: comentario

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Una pareja feliz comentario
Matrimonio feliz

No hay duda de que existen parejas felices en la tierra, donde cada uno trata de hacer todo el bien posible al otro, parejas que mantienen como valores válidos: la fidelidad, el mutuo aprecio, la comprensión, la tolerancia, y tratan de vivir el ideal de Jesús de Nazaret. Sin embargo, hay signos preocupantes en nuestra sociedad que atentan contra la familia cristiana: la creciente demanda de una libertad sexual sin límites, el aumento de madres solteras, la disminución del número de hijos, el hedonismo, el relativismo y la indiferencia religiosa, tratan de corroer el matrimonio.

La convivencia bajo el mismo techo no es fácil. Se necesita mucho tiempo de reajuste, adaptación, comprensión y mucho derroche de amor.

Los primeros años de la vida matrimonial son importantes, porque en ellos se inicia y se consolida la comunicación en la pareja, surgen lo que en psicología se llama “patrones de comportamiento“.

En 1981, el 26% de las demandas de divorcio en EE.UU. estaban formuladas en los dos primeros años de matrimonio. Y es que algo no marcha en nuestros matrimonios: nacen las sospechas, las desconfianzas y los celos.

Es necesario aprender a comunicarse para poder decir de veras lo que se siente y poder escuchar al otro desinteresadamente. Los psicólogos nos hablan de que en toda convivencia suelen darse estos dos fenómenos grupales: zonas de cerrazón y capas de filtración. Puede ocurrir que nuestra relación con el otro dependa de una relación imaginaria, no real, sino falsificada o distorsionada. A falta de una buena comunicación surge el distanciamiento, bien sea éste rápido o lento.

La familia tiene la misión de ser cada vez más lo que es, es decir, comunidad de vida y amor. El Concilio Vaticano II utiliza la expresión “íntima comunidad de vida y amor conyugal” para designar al matrimonio. El amor es el motor de toda comunión y el único ambiente adecuado, para que la familia pueda “vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas”.

Para que haya una comunidad de amor hay que vivir el amor como una competencia, donde haya disculpas por los fallos y se prodiguen alabanzas por las buenas obras. Es una de las mejores maneras de promover la comunicación y así ser una pareja feliz.

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Autor: Eusebio Gómez Navarro, OCD
Foto: analisisdigital.org

Una pareja feliz

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Una pareja feliz
Pareja matrimonial

Mientras hojeaba sus “dossier” matrimoniales, el diablo observó con enojo que todavía quedaba una pareja, sobre la tierra, que vivía de amor y en concordia. Decide hacer una inspección. Se trataba en realidad de una pareja común, sin embargo emanaba tanto amor, que alrededor de ella parecía que fuese una eterna primavera. El diablo quiso conocer el secreto de aquel amor.

“No hay ningún secreto -le explicaron los dos-. Vivimos nuestro amor como una competencia: cuando uno de los dos se equivoca, el otro asume la culpa; cuando uno de los dos obra bien el otro recibe las alabanzas, cuando uno de los dos sufre, el otro recibe el consuelo; cuando uno de los dos se alegra, el otro se complace. En fin, competimos siempre a ver quien llega antes”.

Al diablo le pareció esto tonto. Y por eso pueden todavía existir parejas felices en la tierra.

Autor: Dino Simplici
Foto: es.123rf.com

¿Dónde está nuestra felicidad?

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Donde esta nuestra felicidad

Sería muy interesante examinar a la luz de la psicología moderna algunas expresiones de los salmos de la Biblia.

Por ejemplo, éstas:

  • ¡Oh Dios, mi alma está sedienta de ti! Mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, árida, sin agua…
  • Como brama el ciervo sediento por la fuente de agua, así, Dios mío, clama por ti el alma mía. Porque mi alma está sedienta del Dios fuerte y vivo. ¿Cuándo llegará el día en que me presente ante la cara del Dios vivo?…
  • Mi alma suspira y sufre ansiando estar en los atrios del Señor…

Y podríamos citar muchos más.

Esto, para preguntarnos: ¿Es posible tener hambre y sed y sentirse feliz? Porque estos mismos salmistas que así se sienten llenos de hambre y de sed, exclaman felices, como uno de ellos:

Se inundan de gozo mi alma y mi cuerpo contemplando al Dios vivo. Porque vale más un día sólo en los atrios de tu templo que mil días fuera de tu casa, mi Dios…

¿Es posible esto? Sí; porque al mismo tiempo que se tiene hambre y sed, se tiene qué comer y qué beber. La tragedia sería tener hambre y sed, y no tener nada que llevarse al paladar. Y al revés, tener delante un banquete espléndido y sentirse inapetente total, sin ganas de nada.

A un multimillonario le hicieron esta pregunta: “Usted es feliz del todo, ¿no es así? Porque lo tiene todo”. La respuesta no pudo ser más triste: “Están ustedes equivocados. Me falta una cosa que me tiene fastidiado: ¡no tengo HAMBRE!”

Y otro caso paralelo. El gran industrial alemán, fundador de la fábrica de cañones que hicieron retemblar a Europa en dos guerras mundiales, vivió sus últimos años con una dolencia estomacal incurable. Al ver merendar a un obrero, que comía feliz a dos carrillos, dijo con no disimulada envidia: Daría medio millón para comer un bocadillo con apetito semejante.

Esto es una realidad muy cierta. El hambriento es mucho más feliz con un trozo de pan y un plato de arroz seco devorado con avidez, aunque dentro de un rato vuelva a tener el hambre de siempre, que el sentado ante la mesa espléndida de un banquete de gala, pero con falta total de apetito.

Por eso, nos preguntamos: ¿Estamos satisfechos de la vida?…

Algunos, sí; la mayoría, no. Porque nos faltan muchas cosas, y quisiéramos tenerlo todo. Sólo cuando tuviéramos ese todo soñado, sólo entonces así lo pensamos seríamos felices de verdad. Pero, al pensar así, también nos engañamos todos, los que lo tienen todo y los que piensan tenerlo algún día. Porque esa hambre de felicidad es precisamente una señal inequívoca de que aquí no seremos nunca felices del todo.

Dios ha metido esa hambre en nuestro ser para hacernos entender que tenemos un destino eterno, y que sólo un ser eterno e infinito podrá dejarnos enteramente satisfechos. Es la bienaventuranza que proclama Jesús:

¡Dichosos los pobres, dichosos los que tenéis hambre, porque un día quedaréis hartos y serán colmados todos vuestros deseos!

Aquel pastor protestante se convirtió al catolicismo y armó una tremenda revolución entre los suyos. Al enterarse su padre, le mandó una respuesta terrible: con una carta le maldecía y le desheredaba de todo bien familiar. Preguntado si en esta situación era feliz o no, respondió: “¡Oh, si pudiese dar a mi padre una parte de mi dicha y de mi paz!”

Ninguna cosa y ningún bien terreno le importaban ya nada, ahora que se sentía lleno de Dios. Esta ansia de Dios la sentimos todos en particular y la siente el mundo entero. Ninguna cosa de aquí nos llena plenamente por más que se disfrute. El apóstol San Pablo nos describe cómo estamos con todas las criaturas suspirando de lo íntimo del corazón, anhelando la liberación de nuestro cuerpo, para vernos metidos definitivamente en Dios…

No sabemos si la psicología se explica el misterio. Pero lo vivimos todos muy bien: tenemos hambre y sed de Dios, y estamos felices, aunque poseamos a Dios sólo en las sombras de la fe. El creyente es una persona feliz de verdad. Se siente metido en Dios y pendiente de su providencia amorosa. Se pone a orar, y está convencido de que habla con Dios, al que trata con intimidad. Y cuanto más trata con Dios, más ansias siente de Dios.

Además, está seguro de que este mismo trato que ahora tiene con Dios, por intenso y dichoso que sea, es sólo un anticipo de lo que le espera después. El convencimiento de la vida eterna que ya se acerca es el colmo de todas sus ilusiones y de sus esperanzas, que no van a quedar fallidas.

Poseer el mundo entero, sin tener a Dios, es la mayor desgracia y la pobreza suma. Tener a Dios, aunque nos falte todo, es la mayor suerte y la riqueza colmada. Es lo que nos dijo, con versos mil veces repetidos, nuestra incomparable Teresa de Jesús: Quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta…

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

Imagen: papeltapizcristianos.blogspot.com

Orar, curar, anunciar

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Orar, curar y anunciarPara la primera gran misión el Señor da tres mandatos imperativos a los 72 discípulos que me parece que expresan sustancialmente las grandes prioridades del trabajo de un discípulo de Cristo.

Los tres mandatos son: orar, curar y anunciar.

Pienso que debemos encontrar el equilibrio entre estos tres imperativos esenciales, tenerlos siempre presentes como corazón de nuestro trabajo.

Orar: es decir sin una relación personal con Dios todo lo demás no puede funcionar, porque realmente no podemos llevar a Dios y la realidad divina y la verdadera vida humana a las personas, si nosotros mismos no vivimos una relación profunda, verdadera, de amistad con Dios, en Cristo Jesús. Por tanto, ser un hombre de Dios, en el sentido de un hombre en amistad con Cristo y con sus santos es el primer mandato.

Viene después el segundo: curar. Jesús ha dicho: curen a los enfermos, a los extraviados, a aquellos que padecen necesidad. Es el amor de la Iglesia por los marginados, por los que sufren. También las personas ricas pueden ser marginadas interiormente y sufrir. “Curar” se refiere a todas las necesidades humanas, que son siempre expresión de una profunda necesidad de Dios. Por eso es necesario conocer cada oveja, tener una relación humana con las personas encomendadas, establecer un contacto humano y no perder la humanidad, porque Dios se ha hecho hombre y así ha confirmado todas las dimensiones de nuestro ser humano. Debemos curar los cuerpos, pero sobre todo –este es nuestro mandato- debemos curar las almas. Debemos pensar en tantas enfermedades, en las necesidades morales, espirituales que hoy existen y que debemos afrontar, conduciendo las personas al encuentro con Cristo en el sacramento, ayudándoles a descubrir la oración, la meditación, el saber estar en el templo silenciosamente en la presencia de Dios.

Y después anunciar. ¿Qué anunciamos nosotros? Anunciamos el Reino de Dios. Pero el Reino de Dios no es una lejana utopía de un mundo mejor, que tal vez llegará dentro de 50 años o quien sabe cuando. El Reino de Dios es Dios mismo, Dios acercándose que ha llegado a ser cercanísimo en Cristo. Por tanto anunciar el Reino de Dios quiere decir hablar de Dios, hacer presente la palabra de Dios, el Evangelio que es presencia de Dios y presentar al Dios que se ha hecho presente en la sagrada Eucaristía.

En el entramado de estas tres prioridades podemos ejercer bien nuestro sacerdocio.

(Traducción del original italiano por la redacción de Duc in altum!)

Benedicto XVI, Encuentro con el clero en Aurono di Cadore 25-VII-2007

Imagen: estampas.com

Partido

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Actualizado el jueves 14/FEB/13

Palabras de Jesús

Partido.

El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama. (Mt 12, 30).

Comentario:

Con Cristo hay que tomar partido, o con Él o contra Él, pero no se puede uno quedar en territorio neutral. También en el apostolado, o hacemos las cosas con Él, o estamos trabajando para el enemigo.

¡Qué importante es que vivamos en gracia de Dios, así tendremos la savia de la Vid, que es Cristo, en nosotros, y todas las obras que llevemos a cabo, tendrán valor para el Cielo, premio de eternidad!

En cambio si vivimos en pecado mortal, todo lo que hacemos, aunque sean obras muy grandes humanamente, no tienen valor para el Cielo, no tienen premio celestial.

El que quiere permanecer en territorio neutral, en realidad está ya en terreno del demonio, porque hay que elegir: o se sirve a Cristo o se sirve al diablo.

Pensemos en estas cosas y veamos cómo va nuestra vida, si vivimos en amistad de Dios o en su enemistad, porque todo lo que hagamos, desde las obras más notables hasta las cosas más pequeñas y comunes de todos los días, tienen o no tienen valor, según sea que vivamos en gracia de Dios o en pecado mortal respectivamente.

Recemos mucho, porque si bien la oración es más eficaz cuando la hacemos en gracia de Dios, también es cierto que todos debemos rezar para ser mejores, y los pecadores deben rezar para alcanzar la misericordia de Dios, la conversión.

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Que el Señor santifique nuestra voluntad

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Autor: P. Cipriano Sánchez

Sb 2, 1. 12-22
Jn 7, 1-2; 10, 25-30

Que el Señor santifique nuestra voluntad“Jesucristo -nos dice el Evangelio-, no es capturado porque todavía no había llegado su hora”. Es éste uno de los temas que más recurren en San Juan: la hora de Cristo como el momento de la redención, como el momento en el cual Él va a librarnos a todos de nuestros pecados. La hora de Cristo es una hora que no es suya, no está impuesta por Él, sino que es la hora que el Padre le ha impuesto, y mientras no llegue ese momento, Jesucristo va a vivir, por así decir, libre de sus enemigos; pero en el momento que esa hora llegue, Jesucristo va a ser entregado a sus enemigos.

Esto nos podría parecer una especie de determinismo o de falta de libertad, cuando realmente es un sumergirse en la orientación de nuestra libertad a la adhesión total a Dios. En el caso de Cristo, el hecho de tener que obedecer a Dios va a significar, en ese momento concreto, escaparse de sus enemigos: “Todavía no había llegado su hora”. Sin embargo, sabremos que después, cuando llegue su hora, Jesucristo será entregado. Es lo que Jesús dice a los soldados que van a aprenderlo en el Huerto de los Olivos: “Ésta es vuestra hora y la del Príncipe de las Tinieblas”.

Es una disposición interior que nosotros tenemos que llegar a tomar: la disposición interior de llegar a aceptar la hora de Dios sobre nuestra vida. Es decir, aceptar plenamente el camino, el designio de Dios sobre nuestra vida, lo cual requiere nuestra capacidad de purificar nuestra voluntad, nuestra capacidad de decir a nuestra voluntad que no es ella la que tiene que mandar, sino que es Dios nuestro Señor quien lo tiene que hacer.

Podríamos decir que es la vida la que nos va guiando, porque aunque nosotros podemos planear unas cosas u otras, a la hora de la hora, es la vida la que nos va diciendo por dónde tenemos que ir. Nosotros podríamos tener planes, pero cuántas veces esos planes se rompen, se quebrantan precisamente cuando nosotros pensaríamos que más falta nos hace que no se quebrantasen. Este aspecto de nuestra vida requiere que nosotros aprendamos a encontrar y aceptar, en nuestra voluntad, lo que Dios nos pide, y no como quien se resigna, sino como quien libremente se ofrece a Dios. La libertad y la voluntad son elementos que tienen que conectarnos con Dios.

El libro de la Sabiduría habla de “lo que los malvados dicen entre sí y discurren equivocadamente”. Nos dice todos los planes que tienen contra el hombre justo, cómo están dispuestos a atacarlo, cómo están dispuestos a romperlo, cómo están dispuestos a matarlo: “Condenémoslo a muerte ignominiosa, porque dice que hay quien mire por él”. Y termina diciendo: “Así discurren los malvados, pero se engañan; su malicia los ciega. No conocen los ocultos designios de Dios, no esperan el premio de la virtud, ni creen en la recompensa de una vida intachable”.

No nos dice nada de que al justo se le vaya a librar de todos esos planes de los malvados, simplemente nos dice que estos hombres no conocen lo que Dios espera oír de ellos.

Nos podríamos preguntar: ¿Y el justo que tiene que enfrentarse con esa injusticia de parte de los malvados? ¿Y el justo que tiene que sufrir todo lo que ellos dicen? Este aspecto llama a nuestra voluntad a hacerse una pregunta: ¿Realmente mi voluntad está puesta en Dios, independientemente del «entrecruzarse» de las libertades humanas, de los ambientes, de las situaciones que nos acaecen? ¿Nuestra libertad, cada vez que se da cuenta de que Dios llega a la vida, ha aprendido a abrirse de tal manera al Señor que, en todo momento, acepte y se abrace libremente a ese misterio que es la presencia de Dios en nuestras vidas?

Quizá ése es el punto más difícil de llegar a entender. Podemos entender el abrazarnos a determinadas situaciones positivas, incluso algunas negativas, pero es difícil cuando el alma siente la impotencia, cuando sentimos que el alma se nos rompe o que nuestra voluntad no termina de obedecernos, no termina de ubicarnos y orientarnos hacia donde tendríamos nosotros que ir.

Es precisamente este designio el que tendríamos que controlar, y para lograrlo es necesario ver en qué lugar nuestra voluntad no está plenamente orientada hacia Dios.

Sabemos que no es fácil orientar en todo momento la voluntad hacia Dios, porque basta que algo no salga como nosotros querríamos y de nuevo volvemos a ser retados, y de nuevo nuestra voluntad vuelve a ser puesta en cuestionamiento para ver qué vamos a hacer con ella.

El camino de purificación de nuestra voluntad y de nuestra libertad es la constante sumisión libre a Dios; el constante abrazarnos al modo concreto en el cual Dios se nos va presentando en nuestra vida.”Salva el Señor la vida de sus siervos; no morirán quienes en él esperan”.

En el fondo, la purificación de nuestra voluntad tiene este objetivo: esperar en Dios, aunque pueda parecer que alrededor están las cosas muy difíciles; aunque pueda parecer que todo alrededor es obscuridad, es dificultad. “Muchas tribulaciones para el justo, pero de todas ellas Dios lo libra”.

Hay veces que nuestra inteligencia no ve más arriba, no sabe por dónde llevarnos y puede arrastrar a nuestra voluntad y alejarla de Dios. Nuestra voluntad, aun en medio de las dificultades, de las tribulaciones y de las pruebas, tiene que ser capaz de entender que solamente quien se abraza a Dios puede llegar a estar cerca de Él. “El Señor no está lejos de sus fieles”. La fidelidad es obra de nuestra voluntad purificada, puesta totalmente en manos de Dios nuestro Señor.

Que en este camino de Cuaresma aprendamos a descubrir esta purificación de nuestra voluntad. Cada uno en su ambiente, en su lugar, con sus circunstancias. Una purificación de la voluntad que supone el constante exigirse y llamarse a sí mismo al orden, para ver si en todo momento estamos viviendo según la hora de Dios o estamos viviendo según nuestra hora; según la voluntad de Dios o según nuestra voluntad.

Dejemos que el Señor santifique nuestra voluntad, de tal manera que podamos adherirnos a Él, que podamos ponernos totalmente en Él en este camino de conversión que es la Cuaresma, que reclama no solamente una serie de obras de penitencia interior, sino que reclama, sobre todo, la reestructuración y la reeducación de nuestra vida hacia Dios.

Nosotros lo conocemos

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Para reflexionar…(02/10/12)

“… porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Timoteo 1:12).

El pastor J. I. Stanley relató una experiencia que el suegro, que partió para el Señor a los 79 años, en 1965, tuvo con su abuelo: Volviendo de la escuela, una tarde, me senté junto a mi abuelo y compartí las muchas informaciones que había aprendido en aquel día sobre nuestro decimosexto Presidente, Abraham Lincoln. Después de oír atentamente todo lo que yo conocía sobre Abraham Lincoln, mi abuelo me habló, sabia y amorosamente, con ojos brillantes: “Hijo, usted, con certeza, sabe mucho más cosas sobre Abraham Lincoln que yo, pero, mi querido, ¡yo lo conocí personalmente!”

Muchos estudiosos de la Biblia, incluso ateos declarados, saben más sobre la Biblia que muchos de nosotros, más humildes; sin embargo, nosotros conocemos al Autor. Compartamos al Señor con aquéllos con quien  solemos divertirnos, especialmente nuestros nietos.

No hay experiencia espiritual más marcante y maravillosa que conocer íntimamente al Señor Jesús.

Saber que el Señor es amor es importante, pero, vivir la intimidad de Su amor es mucho más. Saber que el Señor transformó vidas por todo el mundo bíblico de la época es glorioso, pero, saber que el Señor transformó nuestra vida es mucho más. Saber que la oración de los creyentes de la época alcanzaba grandes resultados es estimulante, pero, saber que nuestras propias oraciones tienen alcanzado el corazón del Señor es mucho más. Saber que millares de pecadores fueron salvos por la fe en el sacrificio del Señor nos llena de gran gozo y felicidad, pero, saber que nuestros pecados fueron perdonados, que hemos sido salvos y nuestros ¡nombres están escritos en el Libro de la Vida, es muchísimo más!

¡Nosotros lo conocemos! ¡Sabemos qué podemos creer en él! Somos felices… ¡muy felices!

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Paulo Barbosa
Un ciego en el Internet
tprobert@terra.com.br
Ministerio Para Reflexionar